Ambessa Historias de Voluntarios septiembre 27, 2019

Podría contaros cómo es Etiopía, hablar de sus colores, de su olor, de como te cala hasta los huesos. Pero hoy no estoy aquí para eso, no quiero contaros mi experiencia como voluntario con Ambessa, quiero contaros mi experiencia como padrino de Bereket. Un padrino un tanto afortunado por mi condición de padrino y voluntario sobre el terreno.

No hace tanto que es nuestro ahijado, apenas unos meses, un niño guapísimo, con una amplia sonrisa con forma de media luna, un cuerpo menudo de siete años vestido con ropas raídas cuando lo vimos por primera vez, con una cicatriz ya curada desde hacia tiempo bajo un desgarrón en su camiseta verde. Unos grandes ojos oscuros que nos miraban desde la inmensidad de fotos que recibimos cada poco tiempo y que esperamos como agua de mayo.

Cuando vi la oportunidad de viajar con Ambessa hasta Etiopía y tomé la decisión de hacerlo, mentiría si os dijese que conocer en persona a Bereket no era lo que esperaba con mas ilusión y anhelo. Vive con su joven mamá en una zona rural a dos horas y media de camino desde Addis Abeba, en Holeta, y no fue hasta pasados varios días viviendo en suelo etíope que viajamos hasta la aldea para visitar al equipo de fútbol y a las familias del programa de apadrinamiento de esta zona.
Estaba sentado dentro de una pequeña casa donde esperábamos la visita de las familias. Habíamos pasado toda la mañana haciendo la compra de los productos de primera necesidad que íbamos a repartirles, pasta, arroz, teff, aceite, jabón…
Apretaba en mi regazo una mochila que habíamos preparado para él antes de ni siquiera imaginar que sería yo el que se la entregaría; un coche teledirigido, con recambio de pilas, un juego, una lupa, un saltador, fotos, una carta.
Llegó el primer niño a la casa y me apresuré a enseñarle la mochila con la foto de Bereket y con gestos le pedí que lo buscara, estaba impaciente por verlo. Salió como un rayo y al poco fue él el que atravesó la puerta, con su amplia sonrisa, su cuerpo menudo de siete años, con su cicatriz escondida bajo ropa nueva y esos grandes ojos oscuros mirándome desde apenas unos centímetros. Me emocioné como no recordaba haberlo hecho nunca. Pasamos toda la tarde juntos, jugamos, lo subí a hombros, nos pintamos la cara, hicimos malabares, y me dio tantos besos y tantos abrazos que perdí la cuenta. Fue un día inolvidable que me hubiera gustado alargar mas y mas.  Pero todo tiene su fin como dice la canción y tuvimos que despedirnos. Nos abrazamos fuerte y desde la puerta vi como se iba alejando con su mochila a hombros, se volvió y mirándome a los ojos soltó todo en el suelo y corrió de nuevo a mi encuentro para darme un último beso.

Que sonrisa, que encanto de niño, que inocencia, que magia desprende. Definitivamente dar es lo mismo que recibir, pero lo que recibes se multiplica por mil.

Fernando.

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